DOPO IL BLACK FRIDAY…

Ancora per un periodo limitato potete acquistare il primo libro della Saga Erotica

«Dal Cappello di Gia»

a circa la metà del suo prezzo, ossia, 2,99 € (gratis per chi è iscritto a Kindle Unlimited).

Sono settecento pagine di pura estasi, che tuttavia scorrono veloci come la luce. In cambio, mi aspetto dai miei affezionati lettori delle obiettive recensioni.

Dal Cappello di Gia-Libro 1°

Gia nel #BLACK #FRIDAY!!!

Anche se la moda del “Black Friday” può sembrare annoiante, poteva Gia esimersene?

Da oggi, e per un periodo limitato, potete acquistare il primo libro della Saga Erotica

«Dal Cappello di Gia»

a circa la metà del suo prezzo, ossia, 2,99 € (gratis per chi è iscritto a Kindle Unlimited).

Sono settecento pagine di pura estasi, che tuttavia scorrono veloci come la luce. In cambio, mi aspetto dai miei affezionati lettori delle obiettive recensioni.

Dal Cappello di Gia-Libro 1°

 

 

LA SAGA ERÓTICA LÉSBICA SE TRADUCE EN LENGUA ESPAÑOLA.

Se publicarán las páginas del primer libro traducido.
Al no hablar español, el autor hizo esta traducción utilizando la herramienta Google Translator. Para esta versión de prueba, los comentarios sobre la corrección y la calidad de la traducción serían muy bienvenidos; entonces estoy buscando amigos de habla hispana dispuestos a ayudarme. Esta es mi dirección de correo electrónico:
erosartmalie@gmail.com

Dal Cappello di Gia-Libro 1°

1

«Tu Venecia es realmente hermosa, Gia; pero eres aún más espléndida. En los tres días que estuve en tu casa, me hiciste muy feliz, mi amor; por la noche, sobre todo. No sé si te habías dado cuenta, pero al caminar por las “calli”[1], o sentarte en el restaurante al aire libre, en el campiello[2] habitual para cenar, la gente a menudo se volvía para mirarnos».

«Me gustaría ver que fue al revés, mi amor; ¡eres la fotocopia de ese gran coño de Penélope Cruz![3]».

«Por esta razón, con tu intrigante belleza, te pareces de manera impresionante a Francesca Neri, la sensual protagonista de la emocionante película de Bigas Luna “Las edades de Lulù”;[4]”; por la apariencia, sobre todo, y por la boca grande, que, en comparación con la suya, ofrece labios carnosos y muy hinchados: besarte, siempre es una emoción que me pone en órbita. me recuerdas a ella por su apariencia, y no por su edad, por supuesto, ya que eres mucho más joven; eres muy hermosa, Gia, me gustas mucho, y hacer el amor contigo siempre es algo extraordinario».

Aspirar a ser alabada, no estaba en el temperamento de la autora veneciana; ella dijo: «Gracias, amor, por masajear mi ego».

«Escúchame, ¿Cuánto tiempo lleva llegar a la casa? Mi vejiga es presionada por un pis de cierta urgencia».

A lo sumo todavía media hora de este camino de tierra, Verónica. La casa es donde termina este estrecho camino; ¿quieres que nos detengamos? Un drink me gustaría; tengo la garganta seca».

«Sí, vamos, así estaré más relajada. Escúchame: ¿mientras lo hacemos, alguien nos puede ver?

No te preocupes, como te dije, este carril conduce solo a la casa de campo, y nadie pasa nunca. Excepto una mi amiga policía, a quien le gusta jugar; y así, a veces ella acecha aquí para detenerme».

«¿Y qué haces? Sexo, ¿no?»

«Un rapidito en tus pies, y vete; arrodillado, al principio me dedico a ella, y luego intercambiamos. Vamos, bajemos; libérate, que se hace tarde

«Y después de eso, ¿qué debemos hacer? ¿Como con la mujer policía, Gia?

«Si te gusta un aperitivo antes de cenar…».

En la antigua granja, perdida en el campo de Verona, Gia y Veronica llegaron unos diez días antes de que la joven Francesca se uniera a ellos. Finalmente juntas en carne, las tres mujeres no descuidan ninguna de las prácticas sexuales simuladas en el chat, juegos en los que se dedicaron sin cualquier moderación. Al llegar, después de unos días, Verónica se mostró dispuesta a aceptar que Gia la azotó moderadamente con un latigazo; A esta decisión, las dos mujeres llegan solo después de que, en el curso de las muchas cópulas consumidas, se hizo común azotarse el una al otra vigorosamente.

Antes de abordar el nuevo paso que quería fortalecido su relación cada vez más, la mujer veneciana le había explicado: Amor, contrario a lo que los lugares comunes llevarían a pensar, a liderar el juego, serás tú; De hecho, más allá de las apariencias, no estamos aquí para hacer de sadomasoquismo. Después del primer latigazo, para infligir otro a tu firme trasero, esperaré tu señal; y si esto no llega, la terminaremos allí. Y lo mismo ocurre con los otros golpes; por lo tanto, no hay duda de que usted es la parte activa.

Con cada golpe yo te impartir, te recomiendo que se concentre en el efecto que sentirá: la sensación de calor intenso y quema moderado que se desvanecerá gradualmente, dejarán el lugar para a las pulsaciones de tu hermoso coño latino-americano. De lo contrario, ayúdate primero con una mano; en el condicionamiento pavloviano[5] más clásico, debe poder asociar el dolor con el placer sexual; y así, una vez establecida la conexión, para disfrutar, no será necesario que sacudas tu coño con los dedos».

Al final del suave azote, después de besarla, la mujer veneciana preguntó: “¿Y qué dices?” ¿Te ha gustado?

¡Por supuesto! Especialmente por la impresión y la atmósfera, Gia: la magia de este lugar donde estamos, tú … que, aunque encantadora, parecías una virago; y de nuevo, el silbido del látigo, su toque cálido. No menos importante, la farsa que me hizo sentir en tu poder; todo esto me excitó mucho, tanto que, por venir, mi mano estaba prácticamente inútil».

Y dime: ¿no pensaste que era una especie de orgasmo, sino al revés? El punto culminante es cuando se siente el golpe, y a medida que disminuye la sensación, es como si fuera del sexo preliminar. La ventaja es que después puedes pedir otro, y revivir la sensación cuántas veces puedes soportar».

«Al principio solo sentí un poco de dolor, pero, poco a poco, esforzándome por hacer lo que me recomendabas, bueno, sí, me gustó mucho».

Agarrada por la mano, Gia trajo a su amante frente a un espejo: ¿Ver? Este es el color correcto que tiene que tomar tu hermoso y pequeño trasero: de rayas anchas de color rojo tomate; que aún no está completamente maduro. El siguiente paso, en cambio, será llegar a un hermoso color bermellón, muy intenso; y cuando uso un látigo más severo que el blando que se usa hoy en día, es decir, hecho de colas más rígidas y delgadas, a lo sumo, te causaré algunas ampollas y algo de excoriación. Finalmente, usando varillas o spanker[6], tendrá hematomas modestos, aquí y allá salpicados con una gotita de sangre escasa e insignificante. Recuerda lo que te digo cuando me harás esto; es decir, mañana por la noche». Luego, abandonando el látigo con múltiples colas de suave becerro, la mujer veneciana fue delante de ella, y puso su mano sobre en su vagina húmeda: «¿Solo te gustó, dijiste? Verónica: ¡si estás en un lago!».

«Obviamente no puedo negarlo, Gia: estoy muy cachonda; y ahora, ¿me dejas así?».

«Bésame, cariña, y vamos a la cama: te has ganado mi boca. Verás, si no estoy en lo cierto: continuando por este camino, pronto podrás disfrutar e incluso venir solo gracias al látigo».

La noche siguiente fue la exuberante mujer de origen venezolana, que por primera vez experimentó la punzante emoción de azotar a una bella hembra; fue con un azote de múltiples colas, que ella dio a Gia lo mismo. En el primer golpe, la amante: «Escúchame, Verónica; si no hay dudas de que estamos aquí para divertirnos, sin embargo, no hacemos esto al contarnos chistes. A este ritmo, me harás reír».

«¿Y por qué?».

«De cosquillas, amor. Pon más esfuerzo en ello, y no tengas miedo; mi trasero está muy bien ejercitado. Me darás treinta y nueve golpes, y no es necesario, para cada, que esperes mi aprobación; dame un golpe cada treinta segundos, para que pueda disfrutar plenamente cada uno de ellos. Sabes, treinta y nueve, para mí, son lo mínimo, y al final, que no dura más de media hora; Por eso, por regla general, me encanta tomar el doble o incluso el triple, pero como estás en formación, déjanos estar satisfechos por ahora».

«¿Por qué treinta y nueve y no cuarenta, por ejemplo, Gia?».

«Por una razón llamaría místico; pero te lo explicaré. Ahora vuelvo en la posición doblada, y tú vas con la segunda. En los próximos días, cuando se haya familiarizado con el látigo, pasaremos a una vara flexible, luego a una más rígida; por lo tanto, a un spanker, y así sucesivamente».

Alentada por ella, Verónica continuó azotándola, y haz esto con energía, la envió literalmente al éxtasis. Al final de los treinta y nueve golpes, masajeando sus nalgas ardientes, Gia preguntó: «Dime, entonces».

¡Fue grandes! ¡Nunca habría pensado que esto me haría tan cachonda! Era diferente de ayer, sin embargo: no sé cómo explicártelo; en resumen, siempre es una cuestión de voluptuosidad, pero de un tipo diferente».

«Ahora tendrás que besarme, y justo donde me lastimaste: en mi pequeño culo, y en la parte superior de los muslos… ¡chica mala!», bromeó.

Mientras las dos mujeres consumieron un coito, una incertidumbre perturbó la conciencia de la bella venezolana: «No podemos negar que esta cosa de la tortura erótica nos involucrarnos mucho, Gia; bien, ya que estamos dedicados al BDSM[7], ¿no sería honesto reconocer que nosotros somos de mujeres morbosas?».

«¡Por nada! Dime: ¿crees que uno de nosotros está sujeto a otro?».

«Absolutamente no; e hasta el punto, que intercambiamos roles».

«Y dime, ¿quien lidera el juego? El que empuña el látigo, ¿quién lo quiere, o ambos?».

«Entiendo, Gia; perdón por la tonta pregunta».

«No, mi amor, tu pregunta no es estúpida; no obstante, debido a la presencia de las dos discriminantes que mencioné, la tortura erótica es solo un medio para intensificar nuestra libido. ¿Y esto cómo? Usando la Destrudo[8] presente en cada persona, lo que nos lleva a disfrutarlo aún más. Y si lo desea, usando solo unas pocas palabras puedo explicarte la diferencia sustancial que existe entre nosotros y aquellos que se dedican al sadomasoquismo: más que por el placer sexual, al que también pueden renunciar, los sádicos buscan una Destrudo en estado puro, es decir neto de cualquier impulso propiamente sexual; si son en una parte activa, su principal deseo es someter y humillar, y si están en una parte pasiva, estar encantados de sufrir».

En las exaltaciones lujuriosas de los días siguientes, paso a paso, Gia llevó la su amante a experimentar varias veces con los placeres particulares inducidos por torturas eróticas moderadas, lo que llevó a Verónica a disfrutar incluso de los orgasmos causados ​​por la flagelación sola, tanto recibida como impartida. En cada sesión, la mujer veneciana aumentó el nivel de dolor a soportar; nunca, sin embargo, los dos sufrieron hinchazones o heridas.

«Avanzando por nuestro camino, a este ritmo, me golpearás hasta a la sangre, causándome heridas, ¿Gia? “, le preguntó Verónica en una de esas ocasiones.

«¿Qué tienes en mente?” ¿Porque me preguntas?».

«Porque te amo, y si quieres, lo permitiré”, respondió Verónica».

“¡No digas tonterías! Sin embargo, pensé que había sido claro. Amor, la sangre me impresiona hasta la muerte solo de pensarlo; no, ciertamente no es esto lo que me hace palpitar el coño. No, mi amor, nunca sucederá, y ni siquiera si tuviera que perder la luz de la razón debido a la emoción provocada por la espléndida visión que disfrutan mis ojos en tales circunstancias. De hecho, debido a la reacción al látigo, tu espléndido cuerpo desnudo asume de las escultóricas posiciones capaces de desencadenar en mí una lujuria indescriptible. ¿Entiendes eso? No es esto, lo que apunto; y para decir toda la verdad, ni siquiera para hacerte sufrir, aunque si solo un poco: Es la sugestión que el todo puede dar, lo que yo quiero.

No somos ni sangrientos ni crueles; ah… si hubiera una manera de hacer lo que amamos sin dejar ninguna marca, y sin causar dolor, sería la mujer más feliz del mundo. Sé serena, mi amor; incluso si tuviera que excitarme fuera de todo control, más allá de los signos, los moretones, los profundos rasguños marcadamente marrones, las insignificantes inflamaciones y algunas gotitas diminutas surgieron inevitablemente en la superficie de las excoriaciones, nunca querré ver tu sangre. Y lo mismo debe ser para ti, cuando vas a azotarme».

[1] Calle, así llamadas las calles estrechas de Venecia.

[2] Campiello, así se llaman las pequeñas plazas de Venecia.

[3] Penélope Cruz Sánchez, conocida como Penélope Cruz (Alcobendas, 28 de abril de 1974) es una actriz y modelo española, nacida en Alcobendas, un pequeño pueblo de la provincia de Madrid. En su carrera, fue nominada tres veces para los Premios de la Academia. Fuente: Wikipedia.

[4] Las edades de Lulù, es una película erótica de 1990 dirigida por Juan José Bigas Luna, basada en la novela de 1989 del mismo nombre de Almudena Grandes. Fuente: Wikipedia.

[5] Condizionamento classico Pavloviano, è quel processo di modificazione del comportamento che avviene con l’associazione di uno stimolo incondizionato a uno che ne sia condizionato. La scoperta è attribuita al fisiologo russo Ivan Petrovič Pavlov. Fonte: Wikipedia.

[6] Spanker, herramienta de azotes utilizada en prácticas sexuales moderadamente sadomasoquistas.

[7] BDSM, acrónimo que indica un conjunto de prácticas relacionales y/o preferencias sexuales basadas en la dominación y la sumisión. Se caracteriza y distingue del sadomasoquismo por varias razones, como la consensualidad del sumiso, el uso de una “password”, la posible flexibilidad en los roles, la satisfacción mutua. Fuente: Wikipedia.

[8] Destrudo, Según la teoría psicoanalítica, se opone a la libido. De hecho, mientras que la Libido es el estímulo para crear, esa es una energía que proviene de Eros (instinto de vida), el Destrudo, o estímulo para destruir, es la esencia de Thanatos (instinto de muerte). Fuente: Wikipedia.

«Dal Cappello di Gia» in lingua spagnola.

Dal Cappello di Gia-Libro 1°

Estoy buscando amigos de habla hispana para verificar la traducción aproximada que estoy haciendo del primer libro de mi erótica lesbiana Saga «Gia» (con traductor de Google). Como las cosas serán lentas, no sería una tarea pesada, pero creo que sería agradable, solamente unas pocas páginas a la semana. Quién está disponible, escríbeme aquí: erosartmalie@gmail.com

Cerco amici di lingua spagnola per controllare la grezza traduzione che sto facendo del primo Libro della mia Saga Erotica Lesbo «Dal Cappello di Gia» (con Google translate). Poiché le cose andranno a rilento, non si tratterebbe d’un compito gravoso, ma credo piacevole, soltanto qualche pagina a settimana. Chi fosse disponibile, mi scriva qui: erosartmalie@gmail.com

 

 

 

UN REGALO DALLA VOSTRA GIA.

“LE REGIONI DI COME SONO”.

«Dal cappello di Gia»: un brano tratto dal secondo Libro della Saga Erotica Lesbo, presto in libreria.

 

Dal Cappello di Gia-Libro 2°

… quando, le terga infiammate e doloranti, le due donne si furono rivestite, si sedettero vicinissime, e pur non trascurando neppure per un momento la moglie, baciandola, accarezzandola e blandendola variamente con passione, la mente di Gia si lanciò nuovamente nei suoi voli pindarici: con la sua straordinaria capacità di sdoppiamento del pensiero, lei sapeva dividersi al punto di poterle persino parlare mentre la sua mente viaggiava da altre parti. Il suo ricordo poté così saltare bruscamente ancor più indietro nel tempo, a quand’era bambina. Lei andava molto orgogliosa, per come aveva saputo affrontare la propria infanzia non sempre facile…

Quand’ero piccola, se non si può dire che io andassi matta per le bambole, era comunque ben lungi da me l’idea d’assomigliare ai maschi: già a quel tempo “quelli” mi stavano sullo stomaco. Solidale con le altre bambine della banda di cui ero il “capo”, i rapporti verso i ragazzini erano improntati a uno stato di perenne conflitto. Già da lì avevo capito che sentirsi maschi li legittimava a prevaricare e dominare le femmine, che consideravano deboli ed inferiori a loro.

I parchi gioco nel quartiere, a quei tempi, noi neanche li avevamo: vivevamo la parte ludica della nostra infanzia per le strade; cosa che i miei genitori mi permisero di fare quando si furono accertati che io avessi giudizio a sufficienza per non annegare in un canale. D’altronde, per l’assenza del traffico, stare per strada a Venezia, non costituisce certo un rischio.

Che vita selvaggia, era la nostra! Al confronto, le storie de “I ragazzi della via Pàl”[1] erano delle bazzecole[2]. Il gioco preferito da noi bambini, era d’organizzarci in bande che si facevano la guerra l’una all’altra. Eravamo davvero terribili: oggi, ripensandoci, mi sembra quasi un miracolo di non essere mai finita all’ospedale; oppure, anche peggio, al camposanto. Ancora mi ricordo, delle innumerevoli volte che ero finita per terra, sbattendo violentemente il capo sulle antiche pietre del selciato: per me, “vedere le stelle”, non era una locuzione astratta. Ancora adesso, mi ricordo le sensazioni di forte stordimento che oggi comporterebbero un doveroso controllo clinico, ma alle quali allora nessuno badava. Quando ciò avveniva, quelli che mi stavano intorno, neanche mi cagavano[3]: mi ricordo che dopo un po’ mi rialzavo, e barcollante, riprendevo con quel che avevo lasciato, ovverossia distribuire pugni e calci; dev’essere per quello, che io sono rimasta un po’ tocca nella zucca. Naturalmente, a casa non ne parlavo mai ai miei genitori.

Di domenica pomeriggio, all’oratorio della parrocchia proiettavano dei film cui noi tenevamo tantissimo ad assistere, poiché, in genere, erano d’avventura. Questo ci consolava dalla noia di partecipare alle grevi e interminabili funzioni religiose serali che si tenevano ogni giorno al vespro, cui non potevamo mancare pena l’esclusione dalle attività dell’oratorio. Ancora me li ricordo, i funerei canti gregoriani di quei frati seduti in semicerchio intorno all’altare e avvolti in una densa nube d’incenso; quelle cupe nenie dai toni grevi, che neanche oggi trovo sensato definire “canti”, mi evocavano quell’inferno costantemente richiamato dal “soldato di Gesù”[4] preposto alla dottrina preparatoria alla prima comunione: che terribile angoscia!

Quei frati francescani sono riusciti persino a farmi odiare l’odore dell’incenso, che da allora per me non è un profumo, ma un puzzo nauseabondo; tanto, che ascoltando la storia dei “Re Magi”, io mi chiedevo come mai Gaspare, Melchiorre e Baldassarre, insieme con l’oro e la mirra, potessero regalare anche quella schifezza al buon “Bambin Gesù”.

Come se a ridurre a zero il nostro umore non bastassero i lugubri canti, la domenica mattina e in tutte le feste comandate, noi dovevamo assistere alla santa messa: “Benedícta tu in muliéribus”[5]! Che cosa cavolo voleva dire? Per il “Benedícta”, ci arrivavo pure; per il resto, hai voglia! Nei secoli dei secoli, e sino a non molto tempo fa, sempre in latino… loro! Era come se la messa dovesse costituire un rito misterioso a uso e consumo degli “iniziati” e di chi vi officiava! E noi bambini, con le capacità imitative che c’erano tipiche, dovevamo ripetere come delle scimmiette ammaestrate; ovviamente storpiando, e senza comprendere una mazza di quel che stavamo dicendo. Mi ricordo che dentro di me, io traducevo come, “Benedetta la mugliera[6]“, termine che avevo appreso quando si davano delle commedie di Eduardo De Filippo[7] per televisione; ma non sapevo alla moglie di chi, loro si riferissero; ma forse è stato meglio così.

Eravamo tutti particolarmente interessati a quei film poiché ci stimolavano, fornendoci degli spunti da emulare nelle nostre battaglie di strada. In tal modo caricati, noi usavamo fionde, bastoni, cerbottane e quant’altro la nostra fantasia ci suggeriva.

L’altra cosa che alimentava potentemente le nostre invenzioni guerresche, erano i romanzi di Emilio Salgari, che trovavamo numerosi nella biblioteca dell’oratorio, e che eravamo incoraggiati a leggere dagli stessi religiosi che lo gestivano.

Quand’avevamo qualche mancetta in tasca, ci recavamo nel negozio di ferramenta per acquistare dei chiodi di ferro da tappezziere a forma di “U”, in dialetto veneto chiamati “fisete”, per spararceli l’un l’altro con delle temibili e pericolose fionde a elastico, che costruivamo servendoci di vecchie camere d’aria di bicicletta e di forcelle ricavate da dei rami d’albero. L’altra arma temibile era la cerbottana, che però noi non usavamo in maniera tanto innocente; infatti, arrotolando e poi leccando delle strisce di carta ricavate dalle pagine inutilizzate dei nostri quaderni, confezionavamo dei lunghi e sottili cartocci di carta, a forma conica affilata, da noi chiamati in dialetto “scartozeti[8]“. In quelli, però, noi inserivamo dei chiodi oppure degli spilli, e poi sparavamo al “nemico” quei pungenti “proiettili”, che se mirati agli occhi, avrebbero potuto accecare qualcuno.

L’arma “biochimica” da tutti noi usata per eccellenza, era lo sputo, che univa in sé una valenza molto umiliante per chi lo subiva. Eravamo abilissimi: con un elaborato rimescolamento della saliva nella bocca, riuscivamo a conferirle una consistenza tanto pastosa, da poterla sputare in forma di pallina persino a cinque metri di distanza; l’obiettivo preferito era la faccia, e in particolare, l’occhio dell’avversario… ed io avevo una gran mira!

In tema di sputi, però, l’umiliazione più grande, era inflitta quando, dopo aver vinto in una lotta a corpo a corpo, con un copioso sputo, che noi chiamavamo “cateraccio”, allagavamo un orecchio o un occhio dell’avversario atterrato. Per noi, ciò costituiva l’equivalente del trofeo dello “scalpo” degli indiani d’America, usanza che fornì al Governo degli Stati Uniti uno degli alibi per giustificarsi del ben noto, ingiusto e infame sterminio.

Un’altra pratica molto in auge, erano le sfide con quelli che in dialetto erano chiamati “bobi”: delle biglie in vetro di varie grandezze, con l’interno colorato. Con il gesso trafugato all’asilo[9], oppure alla scuola elementare, noi tracciavamo delle piste con diversi ostacoli e mete sul suolo delle anguste stradine veneziane, e dopo averle disegnate, ci confrontavamo in impegnate disfide, sparandoli con una particolare conformazione del dito pollice e indice; in pratica, si trattava d’una sorta d’antesignano minigolf, ma senza mazza.  Il “Potere” e il carisma, erano dimostrati dalla grandezza del sacchetto riempito dai bobi che eravamo riusciti a vincere, e che ci portavamo appeso alla cintura, in bella vista. Per noi, quei “bobi”, specie nelle dimensioni più grandi, costituivano pure le munizioni per le fionde; e quanti più ne avevamo, tanto più temibili eravamo considerati. Per me, la cosa era molto importante: giacché femmina, io dovevo dimostrare ai miei rivali maschi che non ero da meno di loro, e che non m’incutevano alcun timore.

Quante lotte, io dovetti sostenere per affermarmi! Eravamo in continua allerta, e non ci facevamo mai cogliere di sorpresa: ogni angolo di quelle strette stradine, poteva nascondere un agguato! Di botte ne ho prese tante, ma ne ho anche date: al tempo, nell’anima e nei comportamenti, ero proprio un maschiaccio. Bambinetta quasi bionda, dai lineamenti delicati ed esile, conoscendomi timida e angelica, come fingevo d’essere con gli adulti a casa, se la mia mamma mi avesse veduto all’opera, le sarebbe venuto di certo un infarto!

Mi ritorna alla mente la scena d’un film, visto all’oratorio, che mi colpì particolarmente: un uomo sferrava un cazzotto a un altro allo stomaco; mentre quest’ultimo si ripiegava ruotandosi in preda al dolore, il primo lo colpiva ancora con una doppietta ai fianchi e alle spalle, stendendolo. Per quella performance vincente di colpi, che sarebbe stata perfetta da imitare, io fui ammirata; per di più, una tal cosa avrebbe rispettato la nostra “etica”: per una regola non detta, quando ci prendevamo a pugni, non colpivamo mai il volto. E c’era pure una buona ragione: se lo avessimo fatto, sul nostro viso si sarebbero visti gli occhi neri, e questo ci avrebbe messo in difficoltà con i genitori, i quali ci avrebbero punito, impedendoci di ritornare a scorrazzare per strada.

Infiammata da quanto avevo appreso dalla scena di quel film, mi proposi di provarci anch’io alla prima occasione utile; evenienza che non tardò a presentarsi.

Per noi ragazzacci e ragazzacce, un tema sul quale era impossibile transigere, era di non perdonare mai un’offesa rivolta alla propria madre, cosa che noi chiamavamo “bestemmia”; nel caso fosse stata pronunciata, di farla scontare picchiando il responsabile sino a quando questi non avesse “ritrattato” con un “ritiro l’offesa”. Ebbene, un giorno, un ragazzo più grande e più grosso di me che mi stava proprio sullo stomaco, m’indirizzò la frase topica dall’insuperabile potere catartico per lui, e scatenante per me: “Va in mona de tu mare”[10], mi disse. Vidi rosso! Era arrivata l’occasione giusta: mi sentii pienamente legittimata a sperimentare la nuova performance che mi aveva ispirato il film. Più bassa di quello, con un balzo, dapprima gli ammollai un fortissimo ceffone, e appresso, applicando la detta combinazione di colpi, lo abbattei con facilità. La scarica di pugni allo stomaco lo fece abbassare, e così potei colpirlo anche ai fianchi e sulle spalle: quel fesso cadde a terra come un baccalà.

Intanto che lesta, io me ne scappai, lui neanche si rialzò per inseguirmi: non so se sia stato per il dolore che gli avevo procurato, oppure per lo stupore che una bambinetta tanto piccola l’avesse steso.

Molto soddisfatta, ritornata a casa, dopo un paio d’ore, però, mi venne la tremarella: bussò alla nostra porta la madre di quel ragazzo insieme al figlio, lamentando l’aggressione da lui subita per opera mia. Mia madre mi chiamò, e con aria severa mi chiese delle spiegazioni; preoccupata per la marachella che mi avrebbe certamente procurato come minimo un ceffone, cosa che non sopportavo, con la mia vocina dal tono innocente, per giustificarmi io: «Mamma… che altro potevo fare? Questo qui, mi ha bestemmiato la “mare”». Appresso, da quella gran ruffiana che ero, guardandola con gli occhi dolci, aggiunsi: «Te, mammina mia». Già allora ero una furbetta, e non fu un caso, se terminai così: dovevo pur intenerire gli adulti che mi stavano giudicando; non vi pare?

Al vedermi, intanto femmina, e anche minuta, dopo aver ascoltato la mia discolpa, ammirata, la madre dell’altro proclamò: «Brava “toseta”[11], te ga fato ben, a comportarte cusì». Poi, rivolgendosi al figlio, sempre in dialetto, naturalmente: «E ti, “mona”[12], deso che tornemo a casa te se ciapi el resto: la “mare” xe sacra, e no se bestemia!».

Per strada, noi eravamo sempre in cerca d’ogni cosa utile per costruirci le nostre “armi”. Tutto, poteva servire per realizzare un rudimentale arco, delle frecce, una fionda, e via dicendo. Eravamo divenuti il tormento delle botteghe artigiane: esattamente quello che in lingua Inglese, è detto “A real pain in the arse”[13]. Infatti, andavamo dai manutentori di gondole a elemosinare del legno, dai fabbri a scroccare del metallo, e così via. Con le stecche d’acciaio degli ombrelli rotti, ci confezionavamo delle micidiali frecce per l’arco, che comunque, grazie a Dio, con quel po’ di buonsenso che ancora ci rimaneva, non usavamo mai contro le persone: noi le chiamavamo le “armi proibite”. Per acquisire carisma combattivo, ci bastava esibirle e minacciare d’usarle: una tal cosa funzionava sino a quando qualcun altro non riusciva a realizzare un’arma più temibile della nostra, naturalmente.

Io però, arruffianandomi con un artigiano e offrendogli di fargli delle commissioni, riuscii a convincerlo a costruirmi l’arma che non fu mai superata: una rudimentale ma micidiale balestra a molla. Quanti, furono quelli che invidiosi, mi sbavarono dietro per poterla provare quando, nella darsena, assenti i pescatori, io mi cimentavo nel tiro a segno sul ligneo scafo delle loro barche appena calafatate e riverniciate, su cui dipingevo con il pennarello dei cerchi concentrici. Fortunatamente per noi, gli scafi dei vecchi pescherecci erano ancora di buon legno, e non in vetroresina.

Credo che sia stato già da lì, che incominciai ad amare il bricolage: interessata soprattutto per le ragioni che dicevo, ma anche affascinata di vederli all’opera, quando potevo, me ne rimanevo per ore nella bottega del falegname, piuttosto che del fabbro o del vetraio; oppure, dal calzolaio quando questi lavorava il cuoio, cosa che mi attirava moltissimo, poiché quello era stato il lavoro del mio nonno paterno emigrato dalla Puglia. E la cosa mi servì moltissimo, perché in seguito, da grande, non ebbi alcuna difficoltà a costruirmi delle fruste e degli spanker veramente belli, molto efficienti sui sodi culetti delle mie tenere e pazienti amanti.

A proposito del “Real pain in the arse” prima citato, non c’è da meravigliarsi, se gli americani definiscano in tal modo una grossa rottura di palle; tuttavia, “chi è cagion dei suoi guai, pianga sé stesso”, si dice: infatti, abituati a mangiare in grande quantità salsicce e carne ogni dì e a frequentare i fast food, non stupisce che quelli siano sempre preda d’emorroidi grosse come delle noci di cocco.

Ebbene, ritornando ai viottoli della mia amata Venezia, stupiti che una femminuccia fosse interessata a ciò che in genere sarebbe piaciuto di più a dei maschietti, per quegli artigiani io ero diventata una specie di mascotte, e quando andavo nelle botteghe, con pazienza mi spiegavano quel che stavano facendo, spesso affidandomi qualche semplice compito. Fu lì, che imparai a usare un seghetto, una lima, a piegare il fil di ferro, a battere dei chiodi, a usare le viti, e così via, abilità manuali che migliorai in seguito, e specie da grande, nel Burkina Faso, nel corso d’una missione umanitaria cui partecipai.

Mi ricordo che un giorno, vagando per le calli[14] durante quella che noi chiamavamo “la cerca”, termine che prendemmo a prestito dai frati che andavano per le case a elemosinare, in un angolo del vicolo trovai alcuni spezzoni di quella guaina in gomma di colore nero che è comunemente impiegata per contenere i cavi dei freni delle biciclette. Pensando che prima o dopo mi sarebbero stati utili, li raccolsi. Giunta a casa, ricordandomi d’un film di pirati veduto all’oratorio dei frati, e in particolare d’una scena dove un uomo era frustato sulla schiena nuda, mi venne l’idea: se avessimo catturato dei nemici, le mie compagnucce ed io avremmo potuto infliggere loro il meritato castigo; ossia, fustigarli.

Nondimeno, la cosa, l’avrei prima dovuta sperimentare, e non me la sentii di farlo su qualcun altro, anche perché non potevo certo spogliarlo! Inoltre, considerata la precedente esperienza, sai, dopo, che rottura di palle sarebbero state le lagnanze dei genitori!

Non ero ancora entrata nella pubertà, e mai, neanche lontanamente, mi ero posta degli interrogativi su cose inerenti al sesso, argomento del quale ero assolutamente digiuna; tanto, da credere ancora che i bambini li portasse la cicogna. Tuttavia, incominciavo ad avvertire alcuni innocenti pruriti che non sapevo definire, e che certamente la mia famiglia non mi aiutò a decifrare. Infatti, riguardo all’educazione sessuale ricevuta, è meglio non parlarne: incominciando a sembrarmi assurda la storiella della cicogna, quando timidamente ponevo a mia madre delle domande appena imbarazzanti intorno a come facevano i bambini a nascere, la sua unica didattica era l’elusione.

E così, quando mi trovavo da sola in casa, e questo avveniva spesso, senza capirne il perché, ma anche senza pormi alcun problema, mi piaceva mettermi davanti al grande specchio che stava nella stanza da letto dei miei genitori, e lì spogliarmi nuda a rimirarmi il corpicino; in quelle occasioni avevo scoperto che mi faceva piacere accarezzarmi innocentemente, e in particolare, farlo sui lisci emisferi del sederino con due mani insieme, appioppandomi anche qualche sonora pacca per sentirmelo ben caldo. Che strano, vero? Se non potevo sopportare che la mamma mi sculacciasse, farlo da me, invece, non era la stessa cosa; probabilmente, ciò era legato all’umiliazione che nell’altro caso vi era connessa.

Fu pensando a quello, che mi venne l’idea: avrei provato le fruste su di me, proprio sul mio sederino che tanto mi piaceva ammirare e carezzare. Ci misi molto impegno; mentre lo andavo facendo, provai un piacere che neanche sospettavo avesse a che fare con la sessualità, che come dicevo, era allora un concetto a me del tutto ignoto. Quando mi sentii sufficientemente calda e persino dolorante, ne ebbi abbastanza; di fronte allo specchio, guardandomi all’indietro, fui oltremodo soddisfatta di rimirarmi tutti quei lividi rossi che mi ero causata. E mi piacque pure avvertire la sensazione residua e persistente di calore: mi faceva sentire il culetto vivo, come se fosse una parte di me che non avevo mai percepito esistere prima d’allora, se non al gabinetto. Ne andai persino orgogliosa: anche se autoinflitto, come il personaggio del film, anch’io avevo saputo resistere al supplizio.

Spariti i lividi, neanche dire che lo feci nuovamente; e giacché mi dava piacere, lo ripetei spesso. Naturalmente, eccetto che da grande con qualche amante, al tempo, non ne parlai mai con nessuno; ricordo che avevo coscienza d’aver commesso qualcosa di sconveniente, perché, sentendo scricchiolare i gradini delle scale di legno che portavano al nostro appartamento, mi affrettavo a tirarmi su mutandine e gonnellino in fretta e furia, e a nascondere le guaine. Comunque, non considerai la cosa alla stregua d’un “peccato”, poiché, di domenica, prima della comunione, nemmeno sentivo il bisogno di dirlo al confessore. Credo che fosse già da lì, che il mio corpo incominciò a spiegarmi che cosa gli piacesse: e quando divenni grande, altroché, se lo ascoltai!

La bocca fusa in quella di Nourhan, nella mente di Gia divisa tra presente e passato, il ricordo di Angela, il suo primo vero amore, prepotente, si rifece strada nei suoi pensieri. Ancora molti anni dopo, pensando a quella storia, la animavano dei sentimenti contrastanti…

[1] I ragazzi della via Pàl, romanzo per ragazzi di Ferenc Molnár.

[2] Se pur romanzate, le vicende di strada di “Gia bambina” appartengono a un vissuto infantile dell’Autore. N.d.A.

[3] Cagare, nell’accezione neologistica di “dare importanza”, considerare.

[4] Soldato di Gesù, così sono chiamati i gesuiti, o appartenenti alla “compagnia di Gesù”. Fonte: Wikipedia.

[5] Benedícta tu in muliéribus, in latino: tu sei benedetta fra le donne.

[6] Mugliera, ossia, “moglie” nel dialetto napoletano.

[7] Eduardo De Filippo, noto anche semplicemente come Eduardo (Napoli, 24 maggio 1900 – Roma, 31 ottobre 1984), è stato un drammaturgo, regista, attore, sceneggiatore e poeta italiano. Riconosciuto universalmente come uno dei più grandi artisti e intellettuali del Novecento, è stato autore di numerose opere teatrali da lui stesso messe in scena e interpretate. Fonte: Wikipedia.

[8] Scartozeti, deriva da “scartozo”, ovverossia, cartoccio, o sacchetto di carta. N.d.A.

[9] Asilo, oggi chiamato “Scuola materna”.

[10] Mona, in dialetto veneto ha due significati molto diversi tra loro, stupido o vagina; mentre mare significa madre.

[11] Toseta, bambina in dialetto veneto.

[12] Mona, in questo caso nel senso di stupido.

[13] A real pain…, letteralmente significa “un effettivo dolore nel sedere”; semanticamente, invece, “una rottura di palle”.

[14] Calle, è la tipica strada veneziana, incassata tra due file continue di edifici adibiti ad abitazione, o a negozi al pian terreno; deriva dal latino callis che significa “sentiero”. La larghezza delle calli è estremamente variabile: si va dai 60 centimetri circa delle calli più strette, che spesso per questo sono denominate callesèlle o callétte, fino ai cinque-sei metri o anche oltre di quelle più ampie, denominate spesso “calli larghe”. Fonte: Wikipedia.